Mi primer negocio: vender gelatinas (y comérmelas yo mismo)
A los 6 años monté mi primer negocio. El producto era bueno y el precio también. Aun así, fracasó. Esta es la lección que hoy explica por qué todo negocio necesita que lo vean.

En este artículo
En el barrio donde crecí, cada casa vendía algo. Una vendía snacks, otra hielitos, otra dulces caseros. Era normal ver una ventana con un cartel improvisado anunciando lo que esa familia tuviera para ofrecer ese día. Y a mí, desde niño, me picaba esa misma curiosidad: quería hacer dinero.
Así que, con apenas 6 años, decidí que yo también iba a vender algo.
El producto perfecto (o eso pensé)
Elegí gelatina con leche condensada. Y la verdad, para un niño de esa edad fue una elección inteligente: es un postre fácil de hacer, sin mayor complicación, los costos son bajos y el margen de ganancia era, para lo que yo entendía en ese momento, bastante decente.
Hice varios vasitos plásticos llenos de gelatina, los metí en la nevera y esperé a que la gente empezara a comprar.
El error que no vi venir
Lo que no calculé fue algo básico: mi casa no quedaba en la calle. Vivía en el último piso, y por ahí solo pasaban los vecinos de arriba y algunos inquilinos. Prácticamente nadie más tenía razón para pasar por mi puerta.
El primer día vendí, si mal no recuerdo, unas dos gelatinas. El resto se quedó ahí, en la nevera, esperando.
Y entonces pasó lo inevitable
Cada vez que abría la nevera y veía esas gelatinas sin venderse, hacía lo que cualquier niño de mi edad hubiera hecho: me comía una. Y después otra. Y otra más. Hasta que mi "inventario" desapareció, no en manos de clientes, sino en mi propio estómago.
Me río mucho cuando lo recuerdo, porque técnicamente fui mi propio mejor cliente.
El negocio no fracasó por mala calidad ni por mal precio. Fracasó por ubicación.
Hoy, como adulto, sé que la ubicación es una de las primeras cosas que cualquier negocio debe resolver antes de producir.
Lo que ese niño no sabía que estaba aprendiendo
En ese momento solo era un niño con ganas de tener su propio dinero. Pero mirando atrás, esa "gelatinería" fallida fue mi primera lección real de negocios: no importa qué tan bueno sea tu producto si nadie puede verlo o llegar a él.
Años después, esa misma inquietud me llevó a construir páginas web, a abrir mi propia tienda online y a entender que hoy, con internet, el problema de ubicación que tuve de niño ya no existe de la misma forma. Cualquiera, desde cualquier piso de cualquier edificio, puede poner su producto frente al mundo entero.
Quiero que me vean
Les sigo contando más de mis emprendimientos de niño en el próximo artículo, porque este no fue el único intento chistoso que tuve.


